El armado y el inerme: dos perspectivas ante la vulnerabilidad humana

“Todo ser humano es vulnerable ante una navaja, pero no todos están inermes ante el corte”, reflexiona la autora.

Segunda entrega de 'Disruptiva', serie de artículos a cargo de la profesora de filosofía en la Universidad Complutense de Madrid Ana Carrasco-Conde.

Puedo ser capaz de pronunciar ciertas palabras cuyo significado se me escapa. Puedo creer incluso que entiendo perfectamente lo que tales cosas significan, darlas por evidentes, e incluso incluir automáticamente en su definición elementos que, sin mucho juicio y sin cuestionarlo, así me parece porque, al fin y al cabo, todo el mundo sabe a qué nos referimos. Aparecen de este modo conceptos universales, lugares comunes que, en realidad, están vacíos de sentido y que, precisamente por estar vacíos, llenamos con lo que nos place, nos complace o conviene y así los utilizamos. Uno de estos conceptos es la vulnerabilidad, mucho más complejo de lo que pudiera parecer. Todos somos vulnerables. Nadie negará tal cosa: incluso para el hombre más rudo y viril, las cuchillas de afeitar cortan e irritan la piel si no se usan con cuidado, o para el gladiador o el guerrero, ejemplos clásicos de masculinidad, es necesario proteger sus cuerpos en la lucha. De hecho, si todos somos vulnerables, hombres y mujeres, es porque es una condición inextirpable de los seres vivientes: todos somos susceptibles de estar abiertos a una herida (del latín vulnus, de ahí vulnerabilidad) en tanto en cuanto tenemos un cuerpo frágil, finito y mortal. Y no sólo eso, también doliente, porque somos seres que padecemos dolor. Bienvenidos a la condición humana.

Y así es: somos vulnerables porque tenemos un cuerpo y este cuerpo puede ser herido, vulnerado, la piel lacerada y el cuerpo golpeado. Si nos guarecemos en una casa, si nos protegemos ante la lluvia o el frío, si empleamos cascos o chalecos, si antes de cada vuelo nos indican qué hacer en caso de accidente, si llevamos armas, si empuñamos llaves, es porque sabemos de nuestra frágil condición y sabemos que además de la enfermedad y la muerte natural podemos experimentar el daño a manos del otro y una muerte violenta. Esta condición humana, común por tanto a hombres y mujeres, implica la conciencia de que somos con otros y que el otro no sólo puede darnos muerte sino también brindarnos atención, hospitalidad y protección. Los modos de hacerlo, explicados desde todo tipo de fábulas filosóficas, hablan siempre del paso de un estado de naturaleza a un pacto social en el cual el hombre no sólo vive, sino que transforma el entorno para poder sobrevivir: levanta murallas en las ciudades y erige leyes, hábitos y costumbres dentro de ellas. La vida, en realidad, tal y como la entendemos, nuestra vida, la que vivimos, se despliega siempre en ese marco social y es siempre condicionada y mediatizada aunque muchas veces no seamos conscientes de ello. Y es aquí donde los significados se escapan y estamos de nuevo con el agua al cuello porque a esta dimensión natural de la condición humana se añade otra social: una vulnerabilidad que surge en el ejercicio de un poder que genera espacios en los que algunos colectivos están más expuestos que otros a la herida, la cual se inflige ahora mucho más allá de la piel. Sucede cuando el sistema que habría de proteger a todos no sólo deja exclusiones, sino que deja a otros inermes.

Aunque en sentido estricto es vulnerable el cuerpo potencialmente abierto a la herida, no toda vulnerabilidad implica dañabilidad. La diferencia es fundamental: daño, del latín damnum, apunta etimológicamente a la idea de condena o castigo empleando un radical que, curiosamente comparte con democracia y que incide en la idea de distribución de algo, así que tendríamos algo así como un ‘mal distribuido’. Y distribuir no es, desde luego, algo dado, sino algo que se reparte. De este modo, el daño repartido se causa en la propia conformación de aquella segunda naturaleza que habría de servir para protegernos: se habla de este modo de la experiencia del daño entendida como aquellos procesos, acciones o relaciones que producen no sólo dolor, sino sufrimiento (físico, psíquico, moral) a través de un desequilibrio estructural basado en el ejercicio del poder sobre los cuerpos. Y es aquí donde aparece, frente al hombre armado, el ser humano que carece de ellas: el inerme, aquel que ha salido perdiendo en el reparto.

Inerme designa al que carece de armas (lat. inermis) porque tiene su piel (dermis) al descubierto. No sólo carece de protección, sino que está plenamente expuesto. Si ser vulnerable implicaba la necesidad de la atención y la hospitalidad del otro, cuando esto no sucede, estamos expuestos ante un sistema que, lejos de proteger, deja a la intemperie. Somos vulnerables: lo somos, pero inermes lo ‘estamos’, lo que significa que es un estado no una condición y que, como tal, puede ser transformado. Ya no se trata de que todos podamos morir a manos del otro, sino de morir por el lugar que se ocupa en una vida cuya forma damos por ‘natural’, ignorando todos los presupuestos y creencias que la atraviesan y condicionan. El golpe no se asesta por lo que tienen, no por quiénes son, sino por el qué son. Y corren porque están, frente a otros colectivos, en una situación de desventaja, desigualdad y peligro. Frente a la vulnerabilidad que es consustancial a la naturaleza humana e implica, por lo ya dicho, la construcción de un espacio en el que habitar que nos proteja de las heridas, el estar inerme surge en el momento en el que aquel sobre el que se ejerce violencia, la sigue padeciendo en otras intensidades y bajo otras formas, no sólo físicas sino también simbólicas, porque no puede escapar ni responder a ellas. Justificar asesinatos o agresiones con la afirmación superficial de que “todos somos vulnerables” o “todos podemos ser asesinados” implica no pararse a pensar a qué nos referimos cuando hablamos de vulnerabilidad y, sobre todo, en si la persona que denuncia la violencia sobre ella ejercida, aunque parece estar provista de las mismas armas por el sistema, en realidad padece una desigualdad estructural que puede apreciarse en otras dimensiones, como la social o la cultural, cuando es cuestionada (“Yo sí te creo”), cuando la forma de violencia es invisibilizada (“la violencia es siempre violencia”), o su indefensión es minimizada (“todos somos susceptibles de ser víctimas de homicidio o ser atacados”). Aunque todos muramos por ser mortales, no, los hombres no mueren por ser hombres. Las mujeres sí mueren por ser mujeres y son muchas veces maltratadas por el mero hecho de serlo. No, no todos están inermes ni se ejerce sobre ellos la misma violencia. No, no todos estamos igual de expuestos. No, la violencia no es siempre violencia por mucho que se nos llene de la boca al pronunciarla una y mil veces. Olvidamos que las palabras también laceran. Afortunadamente también hay algunas que se atragantan.

aportacion la marea

Ana Carrasco-Conde

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